Qué es un cineclub
Dom, 2010-02-21 02:02
En una época como la nuestra, con tantos y acelerados cambios, con tantas innovaciones tecnológicas -especialmente en el área del cine y del audiovisual- hay gente que cuestiona el nombre de cine club. Por causa de ese “club” que parece una cosa cerrada, medio elitista. Sin embargo, es preciso entender que cuando los cine clubes surgieron, la palabra club designaba exactamente el espíritu asociativo y tenía una connotación democrática, participativa, como los clubes obreros o de inmigrantes de comienzo del siglo pasado. Después de eso, ochenta años de actuación consagraron el término cine club, que designa en todo el mundo a nuestra actividad, y que los cineclubistas ostentamos con orgullo.
Tal vez hasta un cierto prestigio da la palabra cine club, no en tanto que es usada como título para varias actividades, como una especie de sello de calidad, un instrumento de marketing, lo que no corresponde con el verdadero sentido de nuestro movimiento y perjudica concretamente a nuestra actividad, creando confusión y dificultando, por ejemplo, la legalización y reglamentación de los cine clubes.
Es preciso comprender lo que es un cine club –hasta porque la confusión generada en torno al concepto, justamente, favorece una visión en la que los cine clubes no tiene un papel muy claro–. Su importancia se diluye cuando no se conocen sus objetivos, sus realizaciones, como su estructura específica se establece y opera dentro de las comunidades y del proceso cultural.
Cuando la prensa y otras instituciones formadoras de opinión confunden el Servicio Social con el Comercio, en donde un circuito de salas de arte es igual que una cineteca o que los cine clubes, pueden, de facto, estar ocultando una serie de contenidos exclusivos de los cine clubes, escondiendo una visión ideológica que no quieren reconocer: ciertos potenciales “subversivos”, transformadores, del cineclubismo. Confunden los conceptos, y lo mismo sucede cuando llaman a las (verdaderas) radios comunitarias, radios piratas.
El diccionario define cine club como “una asociación que reúne apreciadores del cine para fines de estudio o debate y para la exhibición de filmes seleccionados”. No obstante, la prensa y el sentido común reducen ese sentido y tratan al cineclubismo como una actividad cualquiera del quehacer cultural, fomentada tal vez por algún tipo de nerd, un tipo de fanático juvenil amante del cine; como un sinónimo de sofisticación del consumidor, una especie de grife que adorna desde sesiones especiales en la televisión hasta salas “diferenciadas” que exhiben las películas con la expectativa de un público menor. Mezclando un poco de todo, también llaman cine club a las beneméritas iniciativas de organizaciones culturales, educacionales, patronales y paternales volcadas en la atención de varias comunidades. Es claro que todas esas actividades tienen su lugar, su necesidad, su público dentro de la sociedad, nada en contra, pero cine club es otra cosa.
Los cine clubes tiene una historia propia, que vincula la evolución de su trabajo a las diferentes situaciones nacionales, culturales y políticas en las que se desarrollaron. Existen varios tipos de cine club, algunos predominan en determinados países, en ciertas coyunturas. En situaciones diferentes, sus formas de organización y actuación también varían.
Los cine clubes surgieron claramente en respuesta a una necesidad que el cine comercial no atendía, dentro de un momento histórico preciso. Asumieron diferentes prácticas de acuerdo con el desarrollo de las sociedades en donde se instalaron, así como una forma de organización institucional única que los distingue de cualquier otra.
Para comenzar, y siguiendo al diccionario: cine clubes son asociaciones. Hoy se nombran ONG, un concepto menos preciso, surgido en el ámbito de la ONU, para designar a las organizaciones no gubernamentales. En la práctica, son prácticamente la misma cosa. Cine clubes, por tanto, son asociaciones, organizaciones que asocian personas en torno de la actuación del cine; no obstante, son más definidos que apenas eso.
Tres características que, estando juntas, son exclusivas de los cine clubes, los distinguen de cualquier otra actividad relacionada con el cine y, al mismo tiempo, comprende una amplia gama de de formas y acciones que los cine clubes desarrollan en los más distintos contextos. Dos de ellas son muy simples y claras, sólo se encuentran juntas en un cine club y no existe un cine club donde esas características no estén presentes. La tercera, menos objetiva, deriva de las dos primeras y puede variar considerablemente de entidad a entidad, de acuerdo con la orientación predominante; no obstante, es el que imprime dirección a la base organizacional definida por las otras dos “reglas” y lo que da contenido y objetivo, actualidad y personalidad al trabajo del cine club. Sólo ellas:
1. El cine club no tiene fines lucrativos.
2. El cine club tiene una estructura democrática.
3. Los cine clubes tienen un compromiso moral o ético.
Esas tres “leyes” del cine club excluyen a todas las otras formas de actividad relacionada con el cine que el sentido común y la ausencia de reflexión identifican como cine clubes, y permite, simultáneamente, que identifiquemos una larga y coherente herencia histórica entre instituciones que asumieron las más diversas formas de organización y de actuación y, no obstante, son cine clubes.
Los “cines de arte” tienen dueño y su objetivo mayor es el lucro. Cumplen un importante papel en el cine y en el mercado, pero son empresas no asociaciones. Museos, entidades educacionales, asistenciales y otras que exhiban películas, contratan o nombran responsables, pueden ser iniciativas buenas, justas, eficientes y necesarias, pero, en rigor, no son democráticas. Obsérvese con cuidado, no toda institución debe necesariamente ser democrática. Con frecuencia, la especialización, la experiencia o la existencia de fines muy particulares, determinan la necesidad de dirigentes escogidos por otros criterios, que no deben ser considerados antidemocráticos.
Por otro lado, la práctica de la democracia como una forma misma de organización establece otra dinámica estructural, otra forma de actuación. La búsqueda de lucro, la competencia en el mercado, fue lo que hasta hoy aseguró el nivel de universalidad que el cine –y otras formas de exhibición-- atienden. El cine comercial, la televisión y, en menor medida, internet, aun con sus aspectos negativos, constituyen la cultura popular por excelencia y el canal más amplio –por tanto, de cierta forma, más democrático-- de información y participación del conjunto de la población. Siendo así, lo que importa aquí es determinar esa diferencia, la particularidad del cine club, no hacer un juicio ético.
En un cine club, los responsables por su orientación son necesariamente electos. La representatividad, la forma de organizar esa democracia, como en cualquier otra democracia representativa, no acostumbra a ser perfecta: podemos encontrar casos de cine clubes con una “representación” dirigente, así como aquellos que son nombrados, trabajosamente, por decisiones de asambleas bien numerosas, y todo tipo de situación intermedia. Sin embargo, de un modo o de otro, los dirigentes son cambiados periódicamente, según el balance de su desempeño y de la dirección que le imprimen a la entidad. Es eso lo que da a los cine clubes una gran movilidad y adaptabilidad, históricamente, en nuestros más diversos ambientes sociales. Los cine clubes tienes esa característica orgánica, la democracia, que les permite superar el estancamiento.
No tener fines lucrativos es otro elemento fundamental. Es claro que la búsqueda de ganancias restringe el alcance de cualquier actividad, cuando no sacrifica, en mayor o en menor grado, su calidad. Básicamente, las iniciativas comerciales orientan su actuación por la realización de sus ganancias, eliminando cualquier aspecto que dificulte postergue o reduzca ese objetivo. La tendencia predominante en la actividad comercial es la repetición de experiencias consagradas, lucrativas y a la manutención del status quo. Además de eso, la apropiación de la riqueza por parte de una persona o un grupo de personas es la base fundamental de nuestra sociedad de clases. En un cine club, aun cuando en él se produzcan superávit financieros con sus actividades, esos resultados tienen (hasta por ley) que ser reinvertidos en la propia actividad: ser, por tanto, apropiados por la comunidad. En ese sentido, el cine club no es una institución típicamente capitalista.
Lo que nos lleva a la tercera “ley”: organizado con base en la movilización de sus asociados, en función de un objetivo no financiero, los cine clubes se orientan hacia fines culturales, éticos, políticos, estéticos, religiosos. Casi siempre realizan, de alguna forma, aún parcialmente, sus objetivos, es decir, los cine clubes producen hechos nuevos, intervienen en sus comunidades, contribuyen para cambiar conciencias y formar opiniones, movilizan. No es raro, son las semillas que llegarán a florecer en cineastas u otros artistas; crecen como instituciones, transformándose en museos, cinematecas, centros de producción, crean caldo de cultivo de cultura para los cambios culturales, conductuales, para la generación de movimientos sociales. Los cine clubes producen y modifican la cultura.
Estas tres características, también están consagradas en la legislación de la mayoría de los países. En Brasil, desde el final de los años sesenta, con la ley 5.536 (de 21/11/68) y, más tarde, con las conquistas obtenidas por el movimiento cineclubista organizado, con la resolución No. 30 de Concine (1980), los cine clubes tenían que ser “asociaciones culturales sin fines de lucro”, que aplicaran sus recursos exclusivamente en sus actividades culturales cinematográficas (también definidas en la legislación). Un párrafo, en especial, define con mucha claridad lo que es no tener fines lucrativos: los cine clubes “no pueden distribuir ganancias pecuniarias entre socios, dirigentes o promotores”, es decir, las entidades podían generar sus propios recursos objetivos de varias formas, siempre que se apliquen exclusivamente en sus propios objetivos. Todos, en tanto que dispusieran de poder dentro de la institución, no podrán usufructuar esos recursos.
La legislación más reciente distingue “ganancias pecuniarias” de otros ingresos, que no serían “ganancias”, sino justas remuneraciones al trabajo prestado. Eso varía un poco según la forma de asociación constituida, porque el ingreso de dirigentes no está estimulado y habiendo remuneraciones, deben de estar de acuerdo con los padrones regionales similares y estar sujetas a verificaciones.
Desafortunadamente, no es raro que el cineclubista principiante desconfíe de estatutos y reglamentos que rijan la actividad del cine club, viendo en eso un condicionamiento, una limitación, mera burocracia, en vez de percibir que son exactamente estas reglas las que aseguran el control democrático de la entidad y que, en verdad, garantizan y consolidan la posibilidad del cine club de ser creativo.
Hay además un aspecto fundamental de estas tres “leyes”. Las dos primeras identifican a todos los cine clubes entre sí, excluyendo otras formas de organización. Ellas son la base esencial para la estructuración de un movimiento, con identidad de organización e intereses iguales. Históricamente, las entidades representativas de cine clubes –comisiones municipales, federaciones regionales o el Consejo Nacional de Cine Clubes– incorporan esas mismas características fundamentales.
Si las dos primeras características aproximan e identifican a los cine clubes, es justamente la tercera la que los distingue, que permite que sus formas de actuación puedan ser tan diferentes unas de otras, ricas, creativas. Es lo que los cine clubes tienen en común, desde el cine mudo hasta las formas más modernas de diálogo del público con la imagen, que estaremos siempre creando, con proyectores de carbón o con imágenes digitales, en telas de lienzo o de plasma.





