La emergencia de los circuitos alternativos
Mié, 2007-04-18 00:45
Abril 2007 Parece sencillo, pero la forma de alimentar circuitos alternativos de exhibición depende de varios participantes en la trama de producir, buscar, valorar y distribuir películas. Los festivales actúan como lupa y catapulta para proyectar historias, pero sistematizar las exhibiciones permitiendo que la permanencia en cartelera supere la función extraordinaria de un festival es imprescindible para alargar la vida de las obras en el encuentro con nuevos y mayores públicos.
Ante la inexistencia de circuitos alternativos a las cadenas y franquicias comerciales, lo que hay en México son salas dispersas y programadores que comparten sus catálogos y acceden parcialmente a ellos a partir del formato con el que trabajen. La posibilidad de la proyección digital amplió las posibilidades de la difusión audiovisual; paradójicamente, el regreso de los clásicos y los cines periféricos a través del DVD no trajo consigo la posibilidad para su exhibición sin fines de lucro, acentuando la complicación para quien debe seleccionar películas y exhibirlas ante nuevos públicos conformados por sectores muy amplios de estudiantes, jóvenes, niños, adultos mayores y trabajadores, grupos y organizaciones de todo tipo al que el entretenimiento y cultura cinematográficos no llegan.
Esto significa que una gran parte del patrimonio universal audiovisual no siempre tiene licencia para continuar difundiéndose, a pesar de su reconocido valor cultural. Son reglas invisibles y desproporcionadas de interés puramente mercantil a las que puede encararse organizando el trabajo que garantice una difusión adecuada en medios electrónicos independientes, televisivos e impresos, así como la intervención de muchos actores que permitan generar un sello y una marca de programas y diseño editorial enfocados en reconocer y alentar nuevas productoras y realizadores de infinita índole.
Por supuesto, es precisa la participación de los creadores de ficciones y los cineastas documentalistas, los promotores culturales y los inversionistas. La escasez de intermediarios muestra que el mercado es insuficiente por sí mismo y que se necesita un mayor número de miradas que alimenten la opinión pública e impulsen la promoción de obras audiovisuales de reconocido valor artíistico y documental.
Desafortunadamente, son contados los casos en que las filmotecas disponibilizan títulos para exhibirse en cine clubes. El caso de la Filmoteca de Catalunya que creó las Sessions de Filmoteca en colaboración con la Federació Catalana de Cineclubs no tiene precedentes en España, así como el lanzamiento de la Programadora Brasil, una distribuidora estatal que alimentará cientos de puntos de exhibición, indican los posibles caminos que deben seguir las políticas culturales aplicadas al cine y las artes visuales con el fin de hacer rendir los recursos públicos e interesar a la sociedad en la inversión cultural.
Según datos publicados en los “Indicadores por sector de la industria cinematográfica en México 2000-2005” (Cinema México, IMCINE, 2006, pp 146-147), en los últimos años la producción cine mexicano ha sido escasa: Entre 2001 y 2002 se produjeron únicamente 7 largometrajes. En 2005 la producción alcanzó 42 películas, pero sólo se consiguió que 14 de ellas fueran exhibidas ese mismo año. No obstante que la producción mejoró notablemente, la exhibición de cine nacional llegó cada vez a menos gente: entre 2002 y 2005 se pasó de 14.7 millones de boletos vendidos a 7.1 millones. Incluso, los ingresos del cine mexicano cayeron de 45 millones de dólares a 23 millones de dólares en el mismo periodo, a pesar del fuerte apoyo estatal que pasó de 9.9 millones de dólares en 2002 a 22.1 millones de dólares en 2005. Durante ese tiempo, se estrenaron más de cien películas estadounidenses por año, mientras el promedio mexicano fue de entre 18 y 26 estrenos anuales.
La política cultural para la cinematografía no debe limitarse a la producción, el fomento debe considerar también la exhibición y distribución, con el fin de cerrar el proceso que inicia con una idea en la cabeza de alguien que la plasma en papel y luego en videotape o película, pero que, siendo en el formato y el género que fuera, necesita del público para consolidar su presencia en el imaginario colectivo. La facilidad tecnológica se ha reflejado en innumerables circuitos de exhibición y una cada vez mayor producción audiovisual surgidos desde la sociedad.
Es indispensable tener un marco legal que facilite el trabajo de creación y difusión cinematográfica para exhibidores y distribuidores culturales. Cuando eso sea una norma, todo lo que hay en torno de este movimiento, a través de las revistas, los libros y las páginas electrónicas, sumado a la capacitación y profesionalización de los exhibidores, alentará y alimentará a los públicos de este nuevo siglo. Nuestro catálogo Cinesud es un primer esfuerzo colectivo latinoamericano para nutrir este objetivo.




