La lógica de los encuentros

Mié, 2007-03-14 17:37

Marzo 2007
El vocablo cine club se comparte mundialmente y existe una idea común sobre lo que representan los cine clubes. Con la posibilidad de profundizar en el término, los encuentros de cineclubistas permiten ver que la diversidad es justamente lo que constituye al cineclubismo, un movimiento de movimientos, una marea de energías dispersas que, al reunirse, fortalecen las corrientes que comparten y alimentan su misión cultural.

En los encuentros se expresan y sintetizan las voces que, a lo largo de varios meses de trabajo y en cada temporada, dan cuenta de las experiencias del trabajo y desarrollan estrategias para la creación de nuevos puntos de encuentro, centros de difusión que están en contacto permanente con el público que asiste y respalda las iniciativas para contar con una oferta de cines distintos a los que acaparan las salas comerciales.

Las reuniones de Barcelona, Ciudad de México, Atibaia y Cartagena son una muestra de la forma en que los cineclubistas de distintas latitudes se manifiestaron durante el primer trimestre del año 2007. Congregados en puntos radicalmente opuestos, pero compartiendo el vocabulario de actividades que incluyen: funciones, muestras, festivales, seminarios, cursos y publicaciones dirigidos hacia afuera, y debates y asambleas hacia adentro; espacios permanentes donde las opiniones tienen la oportunidad de enriquecerse con la retroalimentación de la sociedad civil, ejerciendo sus derechos de reunión y publicación.

De antemano, nada está escrito, pero hay palabras que se juntan cada vez con más frecuencia y esto se debe a que el movimiento cineclubista es internacional y a que sus necesidades, lógicamente, tienen que ver unas y otras cuando se habla de cultura y políticas culturales. Los cineclubes son centros de educación y formación, indispensables para la difusión de la cultura, que requieren apoyos financieros para hacer posibles su objetivos de exhibición, distribución, producción y capacitación.

Equipamiento de las salas y financiamiento para la distribución y difusión son algunas metas alcanzadas en otros países en donde nuestras actividades son reconocidas e incentivadas. Incentivo y fomento terminan conjugándose en fórmulas legislativas y reglamentarias que han abierto la puerta a los avances en la difusión del patrimonio y el ejercicio más razonable de los recursos del Estado aplicados a la conservación, producción y distribución audiovisual.

En ese renglón, es notable como las salas alternativas y los circuitos populares pueden hacer la diferencia frente a la organización voraz del mercado de exhibición cinematográfica. Hay países en donde la lucha de los ciudadanos ha permitido la combinación de criterios para favorecer la inclusión y la cooperación, manifiesta hoy en día en catálogos de películas clásicas y excéntricas, en formatos digitales, al alcance de los exhibidores independientes, como las Sessions de Filmoteca, en Catalunya, y la Programadora Brasil, en São Paulo.

En los encuentros es donde se alimentan y confrontan también todas las visiones. Los distintos grados de madurez que si, bien, los individuos hacen la diferencia en las entidades, se necesitan instituciones para que la economía no gobierne a las sociedades. A pesar de la crisis en la política, el diálogo entre las asociaciones y sus miembros se multiplica, permitiendo que donde abunde el ruido se fortalezcan armonías. Allí es donde se hace indispensable la combinación constructiva de proyectos y métodos de trabajo que respeten y aprovechen los múltiples criterios de los integrantes de esta compleja revolución pacífica que avanza a través de las imágenes en movimiento.

Sin embargo, y dando por descontado que vivimos el snobismo de masas que alguna vez soñó Louis Delluc (es decir que una mayoría se interese por organizarse para asistir y proyectar audiovisuales), antes de que acabe la primera década del siglo es palpable que, a diferencia de la piratería que basa su lucro en la corrupción, nuestro trabajo se construye con estricta ética y principios, teniendo claro que las posibilidades de transformar la globalización dependen de la elasticidad de la imaginación para enfrentar un reto enorme como lo es el de la injusta repartición de riqueza económica y, por lo tanto, cultural. Se trata de conceptos esenciales que no deben perderse en el río revuelto del capitalismo más salvaje: soberanía y autonomía son pilares de la democracia.

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